viernes, 13 de octubre de 2017

OTOÑO. AÑORANZA






Es ahora, en este tiempo que mengua el día en favor de la penumbra, cuando se completan algunos de los momentos felices de aquellos días azules del verano.
En cada uno de aquellos días, tenía la sensación de que quedaba un pequeño, casi insignificante, espacio vacío. Como una foto que no ha acabado de cargar, o como esos intrones de nuestro ADN, que están ahí aparentemente para nada. Aún así, otra corazonada algo inquietante me asaltaba, unos segundos nada más: ese mínimo, casi imperceptible lapso, sería imprescindible.


En cada uno de aquellos largos días añiles fuí dichosa, feliz, afortunada. Estaba tan ocupada en vivir aquel momento, que no me daba cuenta de lo extraordinario que era en realidad. Intuía, no obstante, que algo, después, me lo haría saber. Intuía que lo haría, probablemente, el otoño.

Es ahora, en estos días de  luz aúrea y diagonal, de los paseos en la soledad rescatada de los parques, cuando ese vacío se colma, se concluye; la carga está finalizada.
 La añoranza matiza los colores, el sabor salado, el olor del viento. El contacto asombroso, súbito  y frío de las microgotas de espuma de las olas en la cara.
 Perfila los cortos fragmentos incompletos, desdibujados. Intensifica y graba para siempre aquellas emociones que, de otra forma, se escaparían en el devenir del tiempo, escurriéndose entre los segundos opacos y ordinarios del resto de los días.

Dicen que la añoranza, la nostalgia, la melancolía...son sentimientos de tristeza asociados al recuerdo.
Dicen que nuestro cerebro adorna y manipula los recuerdos, resalta y amplifica los que nos cautivaron, elimina los que nos hirieron.

Nada más lejos de la verdad.

La añoranza es el catalizador de la felicidad. La enzima que conecta la experiencia de vivir con la consciencia de estar haciéndolo; como una singular llave para su única cerradura. La energía de activación para que el reconocimiento de esa felicidad tenga lugar.
.Es el botón de encuadre, el de recorte, el pincel de perfilar,  el que retira lo superfluo, ajusta el contraste, los tonos, el enfoque y afina la nitidez hasta dejarla perfecta. Solo que... en vez de hacerlo con las imágenes, lo hace también con la percepción, con la emoción. Con los sentimientos.
Y es el alimento de la memoria. Y, como dijo algún amigo alguna vez.... somos memoria.







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