miércoles, 7 de junio de 2017

LA FUENTE DEL ORO










Con la llegada del calor me acuerdo muchas veces de los paseos a "la fuente del oro" de La Candamia. Un hilillo de agua mágica,  escondido de aquella, lleno de leyendas, a donde a Marcos, mi hermano mayor, le encantaba llevarnos, cuesta arriba, por aquellos vericuetos en el monte que enmarca la ribera del Torío, en León.
Aquellas cuestas arcillosas, rojizas al atardecer, me parecían entonces montañas gigantescas, que nos iban a engullir,  de no ser por él, que sabía todos las artimañas para neutralizar a cualquier criatura malvada que osara acercarse a nostras.
La Candamia no era como es hoy; vaya que no. Era un lugar más silvestre, cuidado por los ganaderos que milagrosamente sobrevivían en la periferia de la ciudad, con una alameda inmensa, con chopos centenarios y un penetrante e inconfundible aroma a saúco, aquel que mi abuela siempre cogía para darnos una ramita. Abundaban las moras, los ruiseñores, el martín pescador, ardillas, bisbitas, currucas...y tantos más...La humedad, la cadencia del agua, el canto de los pájaros y el sonido del viento al mover las ramas de los chopos altísimos eran el prólogo de las vacaciones eternas y maravillosas de verano.

Hoy, está bonito, bueno...sí; pero no es como antes. Hay caminos; y carreteras; y letreros; y gente. Gente en bici, gente andando, gente corriendo, gente con perros, gente con muchos peros,  sin perros, gente con niños, gente con muchos niños, gente mirando, incluso gente tirando petardos en el río. Esta última categoría podría calificarse, pero no lo vamos a hacer hoy, otro día.
Y cada gente que vamos, llevamos el coche...Por lo que hay un montón de coches, también.
 Se llena de gente que va a  tomar el sol en la toalla, hay varios bares con música, a "todo trapo a veces", familias con mesas y toldos, sillas, neveras, radios, globitos de agua que explotan, hamacas, eeeh...cosas, muchas...
Y hay una especie de charca que forma una especie de arrollo plagado de una especie de juncos, por los que pululan una especie de patos, mutantes, pues se comen los restos de ganchitos y se beben los de coca cola......también se comen las bolsas de los ganchitos, y las latas de coca cola que flotan. En fin, lo normal para una zona calificada como protegida, de la que yo misma hice un trabajo de campo con mis compañeros de biología, en su día. Claro está...que a algún sitio tenemos que ir la gente...
Pero yo recuerdo otra Candamia, y otros veranos, y más pájaros y más moras y más grandes y moradas, y grillos y ranas,  muchas ranas, y menos altavoces, menos motores, menos chillidos, menos fuentes de cemento. Y muchos más árboles, mucho más grandes. Y mucha menos gente.
Quizás fue el sueño de una noche de verano. Lo importante, es que aún seguimos mi hermana y yo, buscando el oro de la fuente, tras sus pasos: sonriente y sin camisa.






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